Sigo con las cartas de Julio. Algún día tendré que sentarme a dejar claro como en materia de lecturas no tengo nada claro y sigo adelante sin sistema.Tomo y abandono a placer. Nunca tengo sólo un libro conmigo, siempre muchos. La cosa es, leyendo unas cartas de Julio del cincuenta y tres en donde habla de sus bichos, me volví a hermanar con él, me volvió a dar respuestas y esperanzas. Julio quería mucho a sus bichos, como yo quiero a mis cuentitos. Se nota que le duele cuando a la gente no le gustan, o peor aún, los rechazan. Yo no cuento con lectores así que no puedo decir que me los han rechazado, pero con la excepción de Víctor, a quien sí le gustaron e incluso tiene sus favoritos, todos los amigos que los han leído, me los regresan con un montón de gestos amables pero aprendidos: mecánicos. Son generosos y por eso no dicen nada malo de ellos, pero sé que no los han encontrado interesantes ni divertidos. Son ejercicios lúdicos. Nunca quise que la gente pensara con ellos, no son un aparato filosófico; quería, eso sí, que pasaran un buen rato con ellos y nada más. Que los sacaran un domingo a una plaza llena de pájaros y de niños a que tomaran el sol, que los leyeran junto a una fuente, que al pararse por un helado los olvidaran en una banca y otra persona los lleve, de pronto, a una habitación en donde se verá con una mujer casada para amarse secretamente; ella los verá y se sentirá querida pensando que son un obsequió. Los llevará a su casa sin mayor explicación y a veces, en las tardes de lluvia, procurará un café a la mano, se acomodará como caracol entre las cobijas y el alto respaldo, y se quedará leyendo esos cuentos que le llegaron así, sin ninguna modestia. Quizá ella los aprecie un poco.
Al ver a Julio -no digo esto como una figura retórica, juro que lo puedo ver con la cabeza un poco de lado, junto a su ventana mateando con su juventud perpetua echada encima, triste porque las personas no quieren a sus bichos. Dan ganas de acercarse y palmearle la espalda. Julio, hermano, no te preocupes, la gente adorará a tus cronopios, serán a un tiempo la delicia y el ideal de todos, sobre todo a ese cronopio mayor que es la Maga misma. Pero nada, uno no sabe a dónde irá a parar ese bicho que anda y anda.
Por lo pronto yo quiero mucho a mis cuentitos, aunque nadie quiera creer en ellos ni un poquito.